El tren que en verano sale de Roma a las 20,50 -«directo a Reggio Calabria y Sicilia», anuncia por los altavoces una voz femenina que, en la riada de viajeros que se mueve hacia el tren, una riada que arrastra maletas atadas con cordeles y fardos de tela, evoca y deja suspendido entre los hilos de la Stazione Termini, hacia el cielo del crepúsculo, un rostro de mujer de belleza apenas marchita- lleva un coche de primera clase RomaAgrigento: desorbitado privilegio solicitado y mantenido por tres o cuatro diputados de la Sicilia occidental. En verdad, de los trenes directos hacia el sur, éste es el que lleva menos gente. En segunda clase, pocos son los viajeros que no encuentran asiento libre. En primera, y en especial en el coche que va hasta Agrigento, es posible hallar un compartimiento completamente vacío -basta con apagar las luces, correr las cortinillas y distribuir maletas y bolsos y periódicos sobre los asientos- al menos hasta Nápoles o, por prudencia, hasta Salerno. Una vez pasado Salerno, te puedes echar a dormir, en camiseta o incluso en pijama, que nadie irá a buscar sitio en tu mismo compartimiento. Pero esta comodidad de espacio es cobrada con usura con el tiempo; por eso los sicilianos prefieren el directísimo que, partiendo dos horas antes, llega a Agrigento, estación terminal, con una ventaja de por lo menos siete horas sobre el tren directo.

Pero al ingeniero Bianchi, que por primera vez viajaba a Sicilia -a Gela, para ser precisos, y no por razones de turismo- y no había conseguido billete para el avión, le habían aconsejado el directo y el coche Roma-Agrigento. También le habían advertido que debía hacer reserva de asiento, o correría el riesgo de pasarse la noche en el pasillo. Consejos estos uno peor que el otro, en particular el de la reserva, porque en un compartimiento de asientos reservados siempre viajan tantas personas como lugares haya, en tanto que en otros compartimientos, sin reserva, existen más posibilidades de viajar solo. Gracias a los consejos, como siempre ocurre, el ingeniero Bianchi se encontró con que tenía por delante un viaje incómodo: en compañía de cinco personas, tres adultos y dos niños; locuacísimos los adultos, los niños maleducados.

De los tres adultos, dos eran el padre y la madre de los maleducados niños; agregada a la familia por parentesco, amistad o casual conocimiento, iba una muchacha de unos veinte años, a ojos vista pálida y vestida con un hábito monacal negro ribeteado de blanco. Los niños se le echaban encima: el mayor apoyándose como si se cayera de sueño; el más pequeño trepándose hasta llegar a abrazarle el cuello y tirarle del pelo, para después volver al suelo y echarse sobre la falda, en un movimiento continuo. El mayor se llamaba Lulú y el pequeño Nené, diminutivos -según se enteró el ingeniero Bianchi un poco antes de llegar a Formia- de Luigi y de Emanuele, respectivamente. Pero antes de llegar a Formía, el ingeniero lo sabía ya casi todo acerca de los cuatro integrantes de la familia y de la muchacha que les acompañaba. Eran de Nisima, un pueblo de la provincia de Agrigento: un importante pueblo campesino rico en tierras y con ricos propietarios; abierto, administrado por los social-comunistas , patria de uno de los peces gordos del régimen fascista, sin estación de ferrocarril, con un antiguo castillo. Marido y mujer enseñaban en una escuela primaria, y también la muchacha, aunque todavía no era titular, estaba contratada. La familia había ido a Roma porque un hermano de la mujer, funcionario del Ministerio de Defensa, grupo A, muy importante en la sección de pensiones, se había casado con una romana: una chica seria, de óptima familia, hija de un funcionario del Ministerio de Instrucción Pública, grupo A; la esposa era licenciada en letras, enseñaba en un colegio privado, era una muchacha guapa, alta, rubia. Se habían casado ese mismo día, en San Lorenzo en Lucina, bonita iglesia; no tanto como la de Sant'Ignazio, pero bonita. Fueron padrinos unos compañeros del grupo A. La muchacha, que les había sido encomendada para el viaje de regreso -por un hermano, funcionario del Ministerio de Gracia y Justicia, grupo A-, en cambio, había ido a Roma para pasear y descansar, porque había superado una grave enfermedad, y el hábito negro ribeteado de blanco lo llevaba en cumplimiento de un voto hecho a san Calogero, que era el protector de Nisima y un santo muy milagroso. En Roma, a pesar de las muchas iglesias que hay, no existe ninguna dedicada a san Calogero.

-¿Cómo es posible? -se preguntaba la mujer-: ni una iglesia, ni un altar y es un santo muy importante.

El marido sonreía con cierto escepticismo al oír la charla sobre san Calogero. La muchacha dijo que ella, de niña, tenía miedo de san Calogero: negro de cara, negro de barbas, negro el manto: y por cierto que el voto a san Calogero no lo había hecho ella, sino su madre; pero, claro, como si lo hubiera hecho ella misma: durante un mes más, y ya habían pasado seis, tenía que llevar el vestido negro ribeteado de blanco.

-En el crisol mismo del año, con este calor que funde las piedras -observó el marido.

-¿Qué clase de voto sería, de lo contrario? -se encrespó la mujer-. Sin un poco de sufrimiento de por medio, el voto no tendría valor.

-¿Y no bastaba con que toda Roma se girara para mirarme? -dijo la muchacha.

-No basta; mortificación y sufrimiento: éstas son las dos cosas necesarias para cumplir con un voto -dijo, llena de seguridad, la señora.

La joven esbozó apenas un gesto de burla. Y de golpe el ingeniero la vio distinta. Tenía unos hermosos senos bajo aquel tétrico vestido, un cuerpo bello. Y ojos luminosos.

-Cumplo un voto -dijo el niño pequeño, desatándose los zapatos y pateando para arrojarlos lejos. Un zapato quedó en su pie, en tanto que el otro fue a golpear contra el pecho del ingeniero.

-¡Nené! -aullaron a la vez padre y madre a modo de advertencia y amenaza. Después pidieron disculpas al ingeniero.