[1/1] fragmento número doce

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Mi ciudad

Vivo en París. Es la capital de Francia. En la época en que Francia se llamaba Galia, París se llamaba Lutecia.

Como muchas otras ciudades, París fue construida muy cerca de siete colinas. Que son: el monte Valérien, Montmartre, Montparnasse, Montsouris, la colina de Chaillot, las Buttes-Chaumont y la Butte-aux-Cailles, el monte Sainte-Geneviève, etc.

Evidentemente no conozco todas las calles de París. Pero tengo siempre una idea clara del lugar en que se encuentran. Aunque quisiera me seria difícil perderme en París. Dispongo de numerosos puntos de referencia. Casi siempre se en qué dirección debo coger el metro. Conozco bastante bien el itinerario de los autobuses; sé explicar a un taxista el trayecto que deseo realizar. El nombre de las calles casi nunca me es extraño, las características de los barrios me son familiares; identifico sin demasiado esfuerzo las iglesias y otros monumentos; sé dónde están las estaciones. Numerosos lugares están unidos a recuerdos precisos: se trata de casas donde han vivido antes amigos que he perdido de vista, o bien se trata de un café donde he jugado durante seis horas seguidas al billar eléctrico (con sólo meter una única moneda de veinte céntimos), o bien se trata de la plazoleta en la que he leído La Peau de Chagrin mientras vigilaba los retozos de mi sobrinita. Me gusta andar por París. A veces durante toda una tarde, sin rumbo preciso, aunque tampoco al azar, ni a la aventura, pero tratando de dejarme llevar. A veces tomando el primer autobús que para (no se puede tomar el autobús al vuelo). 0 bien preparando cuidadosamente, sistemáticamente, un itinerario. Si tuviera tiempo, me gustaría concebir y resolver problemas análogos al de los puentes de Koenigsberg o, por ejemplo, encontrar un trayecto que, atravesando París de parte a parte, sólo tuviera en cuenta calles que comiencen por la letra C.

Me gusta mi ciudad, pero no sabría decir exactamente lo que me gusta de ella. No creo que sea el olor. Estoy demasiado acostumbrado a los monumentos como para tener ganas de mirarlos. Me gustan ciertas luces, algunos puentes, terrazas de cafés. Me gusta mucho pasar por un sitio que no he visto hace tiempo.

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Ciudades extranjeras

Sabemos ir de la estación o del air terminal al hotel. Queremos que no esté demasiado lejos. Nos gustaría estar en el centro. Estudiamos cuidadosamente el plano de la ciudad. Vamos repertoriando los museos, los parques, los lugares que nos han recomendado que veamos a toda costa.

Vamos a ver los cuadros y las iglesias. Nos gustaría mucho pasearnos, callejear, pero no nos atrevemos; no sabemos ir a la deriva, tenemos miedo de perdernos. lncluso no andamos de verdad, vamos siempre a toda prisa. No sabemos muy bien qué mirar. Casi nos emocionamos si nos topamos con la oficina de Air-France, casi a punto de llorar si vemos Le Monde en un quiosco de periódicos. Ningún lugar se deja atar a un recuerdo, a una emoción, a un rostro. Repertoriamos salones de té, cafeterías, milk-bares, tabernas, restaurantes. Pasamos delante de una estatua. Es la de Ludwig Spankerfel di Nominatore, el célebre cervecero. Miramos con interés unos juegos completos de llaves inglesas (nos podemos permitir el lujo de perder dos horas y nos paseamos durante dos horas; ¿por qué nos atraerá esto más que lo otro? Espacio neutro, todavía no conferido, prácticamente sin referencias: no sabemos cuánto tiempo hace falta para ir de un sitio a otro; de golpe nos damos cuenta de que vamos terriblemente adelantados).

Dos días pueden bastar para que empecemos a aclimatarnos. El día que descubrimos que la estatua de Ludwig Spankerfel di Nominatore (el célebre cervecero) está sólo a tres minutos del hotel (al final de la calle Prince-Adalbert) mientras que antes empleábamos una larga media hora para llegar allí, empezamos a tomar posesión de la ciudad. Lo cual no quiere decir que empecemos a habitarla.

A menudo guardamos de estas ciudades el recuerdo de un encanto indefinible a pesar de haberlas rozado sólo ligeramente: el recuerdo mismo de nuestra indecisión, de nuestros pasos vacilantes, de nuestra mirada que no sabía hacia qué volverse y que no se emocionaba con casi nada: una calle casi vacía poblada de grandes plátanos (¿eran plátanos?) en Belgrado, una fachada de cerámica en Sarrebrück, las cuestas en las calles de Edimburgo, la anchura del Rhin, en Bâle, y la cuerda -el nombre exacto sería el andarivel- que va guiando la balsa que lo atraviesa.


[Especies de espacios, traducción de Jesús Camarero para Montesinos]